Palabra silenciada: Memorias de un exiliado en México

Palabra silenciada: Memorias de un exiliado en México

Texto y foto: Entre Ríos Museo. 31 julio, 2023

Toda palabra silenciada encuentra territorio donde dejar eco. La del profesor de Ciencias Agrícolas de la Universidad de Córdoba, Gustavo Ballesteros Patrón, hizo eco en México.

Fue muy lejos de su tierra natal, Colombia, de donde tuvo que salir para salvar su vida en la década de los años 90. 

Intentando formar a estudiantes en el pensamiento crítico, profesores de escuelas rurales del departamento de Córdoba, del Colegio Nacional José María Córdoba (Conalco) y de la Universidad pública de la región (Colombia), establecieron diferentes estrategias para enseñar a mejorar los cultivos tradicionales de pancoger a indígenas y campesinos.

Y hacer memoria sobre las luchas de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), que reclamó tierras en medio de un despojo sin precedentes en Colombia.

También para enseñar educación ambiental y oponerse al desarrollismo con la instalación de una mina de níquel a cielo abierto en el San Jorge o la construcción de una represa en pleno corazón del río Sinú, entre muchas otras causas sociales.

¿Quién es?

Gustavo Ballesteros fue uno de esos profesores inquietos que habló duro.

Hizo trabajo social con la comunidad indígena Zenú, ubicada en la Sabana y el Bajo Sinú (Córdoba, Colombia).

Organizó un esquema de trabajo que le permitió crear grupos de prácticas con otros docentes y estudiantes de la universidad.

Ballesteros llegó a ser decano de Agronomía de la U de Córdoba, pero más temprano que tarde comenzó a recibir amenazas, según lo confirma su amigo y quien hizo parte de esos grupos, el profesor Serafín Velásquez, hoy pensionado.  

“Él siempre fue un líder, luchaba por mejorar la dignidad de las comunidades campesinas…» cuenta Serafín.

Él tenía ya una cultura de defensa del campesinado o de la lucha por la tierra…».

«Creó una fundación y en ese proyecto lo apoyamos todos…porque era una forma de desarrollar la extensión agrícola, que es uno de los pilares de la docencia universitaria, investigación y extensión”, cuenta Velásquez.

Pero también explica que otra fue la información que corrió sobre el trabajo de Ballesteros con las comunidades, entonces lo estigmatizaron y amenazaron.

“Él fue uno de los primeros que estaba como en la mira… Entonces eso hizo que se fuera. Primero a Bogotá, luego a México”, relató su esposa Leda de Ballesteros.

“Se empezaron a dar unas situaciones con todos los profesores con los que él se reunía… la situación de violencia comenzó a agravarse cada vez más y ya cuando se dan todas esas situaciones… uno tiene que replantearse qué es lo que va a hacer”

Leda Ballesteros
Explorador

Pero otros eran los planes que tenía Ballesteros, quien había comprado junto a su esposa una tierra en el municipio de San Carlos, Córdoba, que bautizaron “La bendición”, y que se habían propuesto convertir en un jardín botánico.

El profesor hizo un inventario y recogió las especies nativas del Sinú y gestionó ante la rectoría de la Universidad y la Gobernación de Córdoba la necesidad de apoyar un proyecto ambiental como este, que le devolviera la conciencia verde a la región.

Propósitos parecidos tenían los profesores Alberto Alzate y Misael Díaz Urzola, que investigaron los impactos de la construcción de la hidroeléctrica Urrá S.A. y advirtieron que el proyecto acabaría con el pez bocachico que hacía parte de la dieta básica de los indígenas Embera Katíos, entre otros problemas.

A ambos los asesinaron en julio de 1996 y en mayo de 1998, respectivamente.

El profesor Ballesteros guardaba un dolor profundo cuando recordaba los nombres de Alzate, Díaz Urzola, Francisco Aguilar, Hugo Iguarán, Julio Cuervo, todos de la Universidad de Córdoba, todos asesinados.

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En nombre de ellos y de los indígenas Zenú a quienes no pudo seguir ayudando en terreno, construyó su legado.

Lo hizo no en Córdoba, sino en México donde ya había estudiado en el pasado. 

Se exilió

En 1990 Gustavo Ballesteros llegó a la tierra caliente a hacer estudios sobre la diversidad biológica del frijol. Se instala en el Instituto Tecnológico agropecuario número 25.

La historia la revive Francisco Zavala, en Altamirano, estado de Guerrero, quien fuera su mejor amigo y discípulo. “Él siempre me comentaba que esta zona tenía muchas similitudes con su tierra”.

Las pláticas iniciales entre ellos no dieron cuenta del dolor del profesor colombiano y de lo que lo había hecho residenciarse lejos de casa.

Sigue leyendo Palabra silenciada: Memorias de un exiliado en México y las bases de datos, en el sitio oficial de Entre Ríos Museo.

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