Discordia entre periodistas y feministas: sinsentido que entretiene al opresor

Radialista y reportera desde la adolescencia. Cubro la agenda social con perspectiva de derechos humanos, la fuente cultural me forjó en la etnografía. Han caído premios en la Bienal Internacional de Radio, premios estatales, nacionales e internacionales, pero lo que más me motiva es hacer ruido con el periodismo sonoro. Soy parte de la Red de Periodistas de a Pie.

Foto: Itzel Inda

Hace quince o dieciocho años los medios informativos como la radio, televisión e impresos, seguían funcionando bajo mesas de redacción, jefes de cierre, editores, juntas editoriales kilométricas y fuentes: gobierno, cúpula empresarial, deportes, ayuntamientos, cultura, sociedad; cubrir, reportear o investigar temas de derechos humanos era lo más anti popular que había. Ni siquiera era una asignación diaria.

Una persona o máximo dos, éramos las interesadas que nos íbamos especializando a la limón: prueba y error. Naturalmente, reporteras. 

Hablar de tratados internacionales, derechos constitucionales, convenciones o del Sistema Interamericano de Derechos Humanos: era una excentricidad. Eso implicaba pelear espacios, ni se diga duración o presencia. Olvídense de formatos privilegiados como el reportaje.

“Por qué te gusta hablar de pobres y gente que sufre”, me cuestionaba con sonrisas pero muy en serio, un experimentado reportero y presentador de noticias que ponía a temblar gobernadores al aire. Nadie compra eso, decía con desprecio.

Ahí llamé lo que proponía: historias que no venden “pero que revelan todo”. Durante varias décadas la denuncia ciudadana fue que del bache, la falta de agua, colonias sin luz ni pavimentadas, aquello era lo más cercano a contar lo que padecían las personas. 

Decir que un río era sujeto de derechos, hablar de daño ambiental o derechos colectivos, pfff era algo poco comprendido. La migración siempre había sido tema, por naturales razones, considerado en las redacciones; el universo indígena no era un tema noticioso, excepto el zapatismo. La diversidad sexual cabía en “la nota de color”: crónicas de marchas, básicamente.

Cuando digo que nos íbamos capacitando a la limón, es literal: caía un caso, un tema, un ángulo distinto a la opresión del gobierno e implicaba leer informes, documentos, bibliografía, pensar como abogados litigantes sin serlo. La primera vez que dimensioné el sentido de ser víctima individual fue en 2004, justo la guerra mexicana estaba comenzando.

Fue la madre de un policía federal que sostenía una pancarta a orillas de la plaza Fundadores donde venía su nombre, una foto y el día de su desaparición, la primera vez que me topé con el tema cara a cara; ella era parte de un contingente de personas que pretendía acercarse a la Cumbre Iberoamericana en el Hospicio Cabañas – estaba a cinco calles del evento- para visibilizar su desesperación y denuncia. Esa palabra “visibilizar”, por obvio que parezca hoy su significado, la comprendí años después.

Le dije cuénteme su historia y me la contó toda, la grabé, se me quebró el aliento junto con ella…y ya. 

No le pedí permiso para publicar, no le pedí su número, no le expliqué o argumenté para qué medio sería, no me identifiqué -me vio un minidisk y micrófono- no le expliqué que era periodista enfocada en derechos humanos ni con perspectiva de género; no le receté los diplomados, cursos…ni tampoco pedí permiso para tomar una foto a su cartel: no hice nada del ABC que ahora sabemos y se ha vuelto en una especie de recetario.

Todos las capacitaciones que tomé por iniciativa propia las pagué con mis recursos, viajando con mi dinero a donde fuera necesario. 

Las organizaciones civiles de entonces, no son las de ahora. Al menos en Jalisco. Los opositores y pensadores críticos que cuestionaban entonces, cambiaron. Se me apareció en el camino conocer la historia de Hermila Galindo. Me apasionó saber que la activista que organizó el primer Congreso Feminista ¡Era periodista! y cobró sentido sino todo, mucho. Elvira Carrillo Puerto la anticlerical, era algo que no podía hablar con nadie de mi círculo cercano. 

La guerra nos explotó y a los periodistas nos agarró mal parados

Ni las más sofisticadas agencias internacionales con oficinas en la Ciudad de México entendían completamente lo que estaba pasando.

La guerra entre unos y otros no se sabía si solo la debían contar los de una fuente o todos. Primero era el narco, luego el narco-gobierno y luego las víctimas, pero no solo de la violencia de alto impacto, sino las de despojo, las del extractivismo, las víctimas del vacío de la ingobernabilidad. 

Ese fenómeno se ha presentado dos veces en la última década: cuando antes solo había “un experto” en la fuente policiaca que tenía el reporte completo de hechos violentos, de pronto todos empezamos a acercarnos a la “nota roja”. De ser una o dos periodistas en derechos humanos, todos tenían que entrarle a “esa” agenda. 

La urgencia por responder a la altura de la crisis de derechos humanos que nació en el calderonismo y que parece no tiene fin, nos implicó de todo: que si cursos con la Cruz Roja -lo que para algunos nos parecía una exageración-, que si chalecos antibalas, que empezar a hablar de protocolos de seguridad y jurar “yo no lo necesito”, porque una creía que seguir contando cosas de pobres, marginados y dolientes no se asociaba a fuego, guerra, armas largas, fosas, persecuciones. 

Al poco tiempo tuvimos que entender que sí y ese curso de la Cruz Roja de primeros auxilios: era necesario.

Entonces empezamos a nombrarnos -bajo protesta- víctimas. Lo más chocante del mundo. Pero empezamos a caer como moscas: unos siguen desaparecidos, a otros los decapitaron, una veintena se exilió, miles sobrevivimos y miles más acumulan páginas de agresiones en su historia reciente.  

Algunos de los impactos de la guerra son: insomnio, alcoholismo, drogas, dos cajetillas por día, sobrepeso, hipertensión, paranoia, mal humor, ansiedad, frustración, por decir lo menos. Devaluación del oficio o no enriquecimiento, es otra vertiente. Las oficinas de comunicación social de cualquier dependencia gubernamental se ensancharon de periodistas precarizados.

Mi primera vez fue acoso sexual durante una cobertura; eran tres tipos, uno con sífilis que me escupió la cara varias ocasiones y eran enviados del yunque ¿Y qué creen? cuando avisé a mis jefes por correo, me respondieron que no olvidara mandar la “cabeza” y audios para la nota.  

Cubrir derechos humanos suena muy gourmet…

Pero no es así. De pronto todas las redacciones cubrían derechos humanos. Hubo quien se ofendió porque decir “soy periodista de derechos humanos” apantallaba y dejaba de ser exclusivo, pero agradezco que haya pasado aunque nadie estaba preparado para ello. 

De alguna manera comenzó a caer el veinte en las redacciones de que la agenda estaba cambiando y que los “privilegiados” con una fuente fija también le tenían que entrar al rebote y por estar más cerca de la autoridad tenían que ir a cuestionar aunque les diera pena tocar callos. Un gran caso de pronto era reporteado por todas y todos. Ahí quien ganó fue la audiencia, los lectores, los usuarios de información y las fuentes de denuncia.

¿Mandaron a capacitaciones o crearon algunas especializadas en los medios? no. De ahí nació en la ciudad de México la Red de Periodistas de a Pie, ese fue el germinado de sus fundadoras: expandir la mirada.

De pronto reportear la agenda de derechos humanos se convirtió en cobertura de riesgo. Periodismo y defensa de los derechos humanos eran en 2011dos actividades de alto riesgo, dicho no solo por nosotras, sino por los informes que se exponían ante la observación internacional.

En 2012 se promulgó la Ley de Protección a personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas; a ocho años de operar hay en el Mecanismo de Protección mil 304 personas acogidas a la protección federal entre mujeres, hombres, niñas y niños, comunidades, reporteras y reporteros, ONG y redacciones completas.

Justo ahora el debate está acá SOSFideicomisoMecanismo

Cuestionando a las cuestionadoras

Podría decir que para 2012 ya hacía periodismo con perspectiva de género y era abiertamente feminista, aunque las batallas contra el patriarcado en los medios y la sociedad las había dado desde la adolescencia por intuición o indignación primigenia. 

En 2013 en el Encuentro Internacional Feminista que se celebró en Guadalajara, fue la primera vez que se me vino cuestionar el movimiento y sus formas. Solo lo hice con mi colega y amiga Daniela Pastrana y la querida Norma Trujillo.  Ellas saben a lo que me refiero: el hotel sede del encuentro era cinco estrellas.

Asistí a las mesas, aprendí más, mucho más. Me contagié totalmente e hice una de las crónicas sonoras que más me gustan de mi trabajo sobre la marcha multitudinaria desde el Hotel Presidente Continental frente a plaza del Sol, hasta la plaza de la Liberación donde cantó al final Rebeca Lane. 

El morado, las vulvas, los gritos afuera de Catedral: transgresor, desordenado, lúdico, sorpresivo. Esa tarde también desfilaron zombies por el centro de Guadalajara un poco antes, así que las familias creían que veían a alguien comerse un cerebro verde y ¡Zas! se les apareció una monja rayando vulvas en las paredes y sin el rostro cubierto.

Si ese sábado de octubre en 2013 cubrieron toda la marcha más de cinco medios locales, quizá exagero. Si todos los que fueron cubrieron respetuosa y ampliamente como a las organizadoras les hubiera gustado, es mucho.

Los tiempos cambian

Por supuesto que la represión policiaca y la persecución política ha ido incrementando. Por supuesto que el derecho a la privacidad es un concepto que hemos ido adoptando por seguridad seamos activistas o periodistas.

Justo ahí quiero llegar: hay generaciones de periodistas formados en escuela, bajo la guía de periodistas hombres que no salieron de la redacción a ensuciase los zapatos y ello les impide reconocer la amplitud de nuestro oficio.

Un buen periodismo por mínimo, promueve derechos humanos. Cuando se adquiere sentido profundo de lo que hace y se asume como una postura política, podemos afirmar que somos personas defensoras de derechos.

Los periodistas trabajamos con información y esa cosa multi nombrada, es un bien común que no le pertenece exclusivamente a quien la descubre, analiza o transmite. Así como la libertad de expresión es un derecho de quienes trabajamos en esto, el resto de las personas también están en derecho de ejercerlo.

El lunes pasado el fotógrafo Luis Fernando Moreno golpeó con su lente de ¿Qué? ¿Tres kilos? el rostro de una manifestante luego de que ella intentó bloquear sus tiros, primero con las manos y después con aerosol color verde. 

Segundos antes de eso alcanzó a tomar una o dos veces a menos de un metro, al contingente de la marcha por la despenalización del aborto que sucedió en Guadalajara, como cada 28 de septiembre.

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Antes de eso durante dos semanas, las colectivas feministas que asumieron la convocatoria de la marcha 28S este año, indicaron que el evento era “separatista”. Después explicaron que habría madres con carriolas adelante. Luego me llegó el dato de que se excluyó a las mujeres transgénero “porque básicamente hay que tener vulva para ir”, entre otros datos sueltos.

Lo que sí nos quedó claro a varios periodistas y directivos de medios, es que la petición de no enviar hombres a la cobertura seguía. Ya había pasado el 8 de marzo de 2020 y un año antes el 28S. Ni en septiembre de 2019 se respetó la indicación ni el Día de la Mujer en la multitudinaria marcha, ni en la Antigrita el 16 de septiembre.

¿Por qué? varias y muy distintas explicaciones habrá por cada medio y cada periodista. Lo cierto es que antes del lamentable ataque del lunes 28 de septiembre de 2020, un comité organizador recibía periodistas, anotaba quiénes llegaban y entregaba un distintivo después de recordarnos las reglas: 

  1. No fotografiar rostros
  2. No filmar de cerca pintas
  3. Pedir permiso para entrevista o tomas
  4. No acercarse al contingente separatista
  5. Ubicar las vocerías

Eso sucedía sólo al inicio y conforme avanzaban los contingentes se iban sumando más camarógrafos y fotógrafos; hubo dos incidentes, uno con el fotógrafo de El Informador y un reportero de Tráfico ZMG el 28 de septiembre de 2019.

Ya este año en una movilización de Aquelarre Radical alrededor de varias protestas por los abusos sexuales a niñas y menores de edad, afuera la rectoría de la Universidad de Guadalajara, manifestantes impidieron a una reportera de Canal 44 hacer imagen y fue rodeada con reclamos y gritos; amenazaron a un reportero también de TZMG con un bat si no borraba imágenes.

A la compañera Celia Niño le reclamaron “¿No sabes que no puedes grabar a menores de edad?”. Ahí se me vino una imagen clara: ausencia de formación política y organización.

Un periodista no sólo no puede distinguir si una chava es menor de edad o no, de Jalisco o Chetumal, de un grupo o de otro. Efectivamente en las marchas y protestas es necesario tener todos los sentidos agudizados y leer lo que se cocina por prevención en caso de un grupo de choque o para captar los más detalles informativos.

Que una manifestante use como argumento eso para impedir el trabajo de una periodista, está poniendo en riesgo a quien trata de resguardar al gritarlo. Eso en manos de pésimos editores significa un titular tipo: menores de edad vandalizan.

Entonces advertí que se volvía necesario hablar lo que estaba pasando porque la olla exprés ya soltaba el primer hervor. Y no pasó nada.

Formación política: la raíz y la solución

Es probable que para varias de las que me lean, si ya llegaron hasta aquí, les suene a “doñita” por la edad y porque me he vuelto intolerante a los tropiezos previsibles. Mis colegas periodistas no me dejarán mentir: me inquieta mucho un hecho violento que compromete su vida o trabajo y éste, se pudo prever o detectar para activar el autocuidado.

Y es que resulta que los únicos que se ríen a carcajadas de los encontronazos entre colectivas feministas y periodistas, son los representantes de lo que llamamos opresor: políticos, funcionarios, funcionarias, dueños de medios, jerarcas religiosos.

En los últimos cinco días he recibido comentarios inquietos sobre qué va a seguir, porque en definitiva las marchas y protestas feministas van a continuar en Guadalajara, en Tepatitlán, en Guzmán, en Autlán, en Vallarta, en Ocotlán, Lagos de Moreno o Sayula…y si en Guadalajara no hay una plantilla de reporteras y gráficas, en otros municipios menos.

¿Nos tenemos que cuestionar por qué? sin duda. Necesitamos hablar más de la precariedad laboral, de desigualdad e inequidad entre reporteras y reporteros, de que unos ganan más que otras, de falta de garantías, de acoso, de discriminación y de lo aburrido que es ver, escuchar y leer más hombres que mujeres en los medios. 

En lo inmediato, no se puede inhibir la labor informativa, se pueden establecer condiciones y protocolos, pero prohibir la presencia de reporteros y gráficos, es un asunto que solo divierte, repito, al opresor.

Cuando hablo de formación política pienso en abrir brecha y crear formas nuevas de debatir con los medios, de evidenciar su mala cobertura, si revictimizaron o no; quiénes son los que tergiversan y quiénes provocaron situaciones adversas.

No entramos en la misma bolsa todas y todos. El derecho de réplica es un interesantísimo y necesario derecho y mecanismo al que debemos irnos adaptando quienes hacemos contenidos y quienes son consideradas fuentes de información.

Hace un tiempo estudiantes y egresados de Comunicación Pública crearon algo llamado Comética: un observatorio de medios en coberturas de violencia de género. Sé que están en pausa pero en momentos como los que atravesamos sería invaluable conocer qué descubrieron, qué entendieron de cómo funcionan los medios y elaborar recomendaciones para que un movimiento necesario como es el feminismo y su cobertura, no se polarice más.

Necesitamos más periodistas formados en derechos humanos, especializados en tratar con víctimas, para que el proceso y el producto esté apegado al derecho de las audiencias y a estándares de calidad necesarios en estos tiempos de crisis. Pero periodistas sin protagonismos.

El agresor de la manifestante el 28S debe reconocer su error, ofrecer una disculpa, reparar el daño y reeducarse, invocando esa forma y atribución especial que tienen los pueblos indígenas para transformar los problemas generados por un integrante de la comunidad; admitir que nos dejó minado el escenario para quienes seguiremos cubriendo actos públicos y movilizaciones.

Así como reprocho el ataque con violencia selectiva a la que le impidió fotografiar, me pregunto ¿Por qué no estamos reclamando que las policías de la DEAVIM -División especializada en atender la violencia contra las mujeres por razones de género- resguardaron al agresor y monumentos en lugar de auxiliar a la agredida? 

Creer que solo son aliadas del movimiento feminista las reporteras que portan un pañuelo verde en la muñeca o cuello, puede ser una ilusión óptica. La crisis de derechos humanos que vivimos en Jalisco no está para las autocomplacencias; confiar en todas las fotógrafas que van a las marchas porque son mujeres es un riesgo porque algunas trabajan para dependencias que nos han puesto en riesgo a todas y todos: activistas y periodistas.

No mencionaré el pronunciamiento irresponsable e irrespetuoso de un ente fantasma que sirve a los intereses de políticos pero se autoproclama la voz de los periodistas en Jalisco sin serlo, donde se criminalizó el derecho a la protesta y al movimiento feminista. 

Activistas y periodistas: los llamados “Foros de Periodistas” son instrumentos de maniqueísmo e infiltración, hay uno en cada estado y todos están desacreditados.

No compremos ese pleito. No le demos más picardía al entretenido opresor que nos mira y aprovecha cada post , cada comentario, para celebrar el sinsentido de esta afronta y de paso, evadir su total responsabilidad en la peor crisis de violencia, derechos humanos y gobernanza que hemos tenido en el estado. 

La finalidad de este largo artículo es tratar de establecer un piso mínimo para cambiar el panorama enrarecido. ¿Cómo? ni idea, pero acá ando disponible.

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