Despido en la pandemia: empleo formal o no, se violan derechos

Radialista y reportera desde la adolescencia. Cubro la agenda social con perspectiva de derechos humanos, la fuente cultural me forjó en la etnografía. Han caído premios en la Bienal Internacional de Radio, premios estatales, nacionales e internacionales, pero lo que más me motiva es hacer ruido con el periodismo sonoro. Soy parte de la Red de Periodistas de a Pie.

Foto: Lado B

Pasaban de las ocho de la noche y yo iba tarde a un evento al aire libre cerca del mural Memoria Viva -dedicado a los cuerpos sin identificar dentro de un tráiler dando vueltas por Guadalajara- sobre la calle López Cotilla y Argentina, en la colonia Americana.

Rubí lloraba con mucha tristeza y sostenía una enorme virgen de Guadalupe de cerámica. Otra mujer mucho mayor, la regañaba, le recordaba que le había advertido que no volviera. Había una tercera mujer, igual de joven que Rubí, escuchando todo e igual, con cara llena de preocupación. Había una maleta de ruedas junto a las tres y unas bolsas de plástico.

No dudé. Crucé la banqueta aunque perdería más minutos de lo de por sí ya tarde que iba al evento de Docu al Parque al aire libre. ¿Está bien, necesitan algo? le pregunté dirigiéndome a Rubí aunque aún no sabía cómo se llamaba.

¿Qué te pasó?, le insistí a la mujer morena, chaparrita, de ojos grandes en total sollozo. Imaginé que acaba de ser golpeada, estaba extraviada o la habían asaltado. 

– Me acaba de correr mi patrona

– ¿De dónde?

– Aquí vive

– ¿En qué departamento?

– En el 10

– ¿Cómo se llama?

-… Iturrá

La mayor de ellas me contó que ya sabían iba a pasar eso, que ya había tenido problemas con la “señora de la casa”, pero que Rubí quiso regresar de Tapachula a Guadalajara por necesidad.

Rubí tiene 27 años y es madre de tres: un niña de 12, uno de 6 y una pequeña de 4 años quien no le dice mamá porque la ha criado su abuela desde que nació, cuando ella debió salir de Chiapas para trabajar limpiando casas ajenas.

A las 8.45 de la noche del viernes no sabía dónde pasar la noche Rubí. Las dos mujeres que conocía y fueron a recogerla para llevarla a la central camionera, vivían en Tonalá y no tenían espacio para una más.

El problema en ese momento no era que se quedó sin empleo por el que recibía 8 mil pesos al mes desde hace más de dos años, sino que la paga semanal no se la dio por lo que no le alcazaba para comprar un boleto a la Ciudad de México y luego otro a Tapachula.

El llanto de Rubí era de desesperación y mucha tristeza. Al día siguiente que hablé con ella, cuando ya abordaba en Puebla un camión para ir a Tuxtla, al momento de cargar su maleta y hacer fila, se le quebró la virgen de cerámica como el destino mismo.

El padre de sus hijas vive en Tijuana desde hace 4 años y no se comunica con ella, por lo que, como la mayoría de indígenas sin opciones de empleo en Chiapas, elige aceptar el contacto de “alguna señora” que las ubica en casas de ricos en ciudades grandes para ganar, porque en su estado natal, si gana mil pesos al mes, es mucho.

Alimento, casa, ropa, medicinas para cuatro que es lo que suma su familia, se vuelve imposible.

Rubí no quería irse de Guadalajara. En realidad quiere volver, porque es su única y mejor opción aunque su más reciente bebé por el desapego la vea como amiga y no como madre.

Es consciente de que corre el riesgo de volverse a topar con una mujer que la maltrate, humille y hasta golpee como lo hizo la anterior “patrona” cuando la sacó del departamento en la colonia Americana. 

A ella le resolvía Rubí no solo la limpieza del departamento grande sobre López Cotilla y Argentina, sino cuidaba al hijo de 6 años con serios problemas de conducta derivados de la ausencia de Denisse que trabajaba todas las noches, también. 

La discusión que culminó con el despido injustificado de Rubí, me cuenta por teléfono, tenía que ver con una mentira del hijo que cuidaba pero ella lo justifica: “es que ese niño está mal porque su mamá no lo cuida y no le pone atención”.

Cuando la inquilina del departamento donde trabajaba Rubí la despidió, ante el ruego de que le pagara su semana, la amenazó con llamar a la policía. 

Por obvias razones la migrante originaria de Tapachula, se asustó. “Conozco las relaciones que tiene la señora, quiénes son sus amigos y mejor levanté la ropa que me tiró al suelo y me salí”, me describió antes de despedirnos en una llamada.

A los dos días recién llegada a casa de su madre, ya tenía una nueva opción de casa en Guadalajara para regresar, pero no era seguro. La incertidumbre era doble o nunca antes vivida porque por la pandemia “todo está bien raro, nadie va a confiar en una muchacha como yo”, me dijo. 

Rubí presentó síntomas de covid-19 probablemente por los cuatro camiones “de segunda” que tomó sin mayor medida de seguridad para cuidarse que su virgen de Guadalupe gigante…rota.

Calzado Stefmary produjo con engaños y deslindes

Verónica tiene 54 años y los últimos cuatro años estuvo trabajando para Calzado Stefmary, una fábrica de la calle Imperio cerca del periférico norte.

Había pasado por varias incertidumbres en los últimos meses pero en definitiva, cuando el dueño Ricardo Moyano Mencha quien fundó la empresa en 1995 se dirigió a la plantilla de trabajo, el panorama les quedó claro: se venía un problemón.

Foto: Itzel Inda

De estar ganando 2 mil pesos a la semana por más de ocho horas en la maquila de calzado fino para firmas muy populares como Andrea y Coppel, instalada la pandemia los cheques de nómina comenzaron a llegar de mil 200 y hasta 500 pesos por los descuentos; madres solteras y señoras mayores que sacan adelante a sus familias, comenzaron a entender que de la explotación de la que venían, lo que seguía era estar con un pie afuera.

Iban y volvía paseando el lonche y las irregularidades laborales incrementaban.

Aunque no se declaró en quiebra Calzado Stefmary, comenzaron a liquidar fuera de norma a empleadas y colaboradores con tranquilidad de que ninguna autoridad les llamaría la atención.

Verónica me cuenta que como Recursos Humanos no daba explicaciones, se llenó la malla de la entrada de notificaciones de la Junta de Conciliación y Arbitraje para resolver denuncias por despido injustificado.

¿Cuál fue la alternativa ante la picada? Verónica explica las acciones del dueño que exhiben impunidad.

Mil 540 pesos era lo que ganaba por semana y las últimas que estuvo en la maquila de calzado para Stefmary casi ni salía para el transporte; al final recibió sólo 2 mil 300 pesos como liquidación, pero lo que le corresponden por 4 años son 7 mil pesos.

Foto: Itzel Inda

Le prometieron en Recursos Humanos que irán saliendo cheques y tiene que volver al lugar para preguntar.

Lo que cotizó en el Seguro Social está congelado y desconoce qué pasará, aunque tenía un contrato firmado declinó de poner la demanda por despido injustificado.

Perimetral solicitó entrevista al presidente de la Cámara de la Industria del Calzado del estado de Jalisco a través de la atención a medios, pero se negaron a declarar algo al respecto.

Lo mismo con el área de comunicación social de la Junta de Conciliación y Arbitraje para conocer el número de denuncias por despido injustificado o conciliaciones en puerta con Stefmary SA de CV, pero se negaron a atender la solicitud.

Verónica se fue a trabajar a la abarrotera de su hija y como Rubí, en Chiapas, su principal preocupación siguen siendo sus hijos, la sobrevivencia de los suyos en el año más incierto que han vivido como trabajadoras, a las que desde antes de la pandemia por el covid-19 lo único que han hecho es sobrevivir a la desigualdad.

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