La Oreja verde. Vivir a lo grande.

Promotora y gestora cultural especialista en pedagogía y cultura para la niñez; fue directora del Museo El Globo en Guadalajara y responsable de la transformación conceptual y física del recinto; es ciclista en tacones y madre todo el tiempo.

El adulto como parámetro que pronuncia la desigualdad para la niñez. 

El adultocentrismo, de acuerdo la UNICEF, es la situación de desigualdad de poder por edad. Pero también es cualquier comportamiento, acción o lenguaje que limita o pone en duda las capacidades de las niñas, niños o jóvenes tempranos por el hecho de tener menos años de vida. 

El adulto es el centro, parámetro y protagonista, quien tiene la última palabra y actúa desde un supuesto interés del bienestar de la niñez, sin embargo, sus acciones lo contradicen, remarcando que la comodidad, interés o conveniencia propios están implícitos en su forma de relacionarse con la niñez.

El adultocentrismo es visible cuando los adultos tienen la última palabra por sobre las expresiones de la propia niñez, ignorando sus opiniones, intereses o necesidades. 

Esto puede suceder con el argumento de las mejores intenciones, por pragmatismo o por proteccionismo, pero en la realidad, lo único que hace es menospreciar los sentimientos, derechos y propia voz de niñas y niños. 

También se hace evidente cuando se condenan las expresiones que surgen en la niñez como reacción a la represión de que es objeto y que niegan su ser esencial: El movimiento libre, sus propios procesos de desarrollo social, sus tiempos de apropiarse del conocimiento, sus expresiones de necesidad de afecto, atención, paciencia y acompañamiento respetuoso; lo que los adultos suelen interpretar como conductas inadecuadas, berrinches o rebeldía y debe ser castigado, para extinguir estas conductas, suprimiendo el síntoma, pero no el mal.

En estos tiempos turbios, somos testigos de ejemplos muy gráficos de esta realidad adultocéntrica, uno de ellos, la educación. 

Todo sobre la escuela se vuelve relevante: rescatar las empresas que giran en torno a ella, como las escuelas con déficit económico, papelerías con pérdidas, editoriales sin ventas, docentes sobrepasados y heroicos, plataformas y herramientas tecnológicas insuficientes y desconocidas, los supuestos tiempos perdidos, los uniformes innecesarios, alimentos escolares poco sanos, madres multitareas, aprendizajes no suficientes para lograr las certificaciones reconocidas, las pantallas televisivas con contenidos desarticulados, los presentadores de televisión polémicos, y al final, final, final… niños y niñas. 

Todo lo anterior con las mejores intenciones, pensando en el futuro, en que no se pierda el tiempo, confundiendo el derecho a la educación con la escolarización obligatoria, y confinando las experiencias de conocimiento al aula, virtual o presencial, reproduciendo los formatos del adulto que conduce el saber y negando el descubrimiento de propio estudiante. 

Hace unos pocos días, murió Ken Robinson, una de las más claras voces respecto a repensar y reconfigurar la escuela, para rescatar la alegría de la niñez que se ha ido apagando entre aulas y adultos rígidos. 

En su memoria, rescatemos su gran crítica a un sistema educativo adultocentrista: el sistema educativo no está concebido para las inteligencias que salen del carril previsto, atentando permanentemente contra la capacidad creativa, la voz original y las valiosas expresiones de la niñez. 

Y ojalá, también en su memoria y en beneficio de todas las sociedades, podamos poner en un lugar adecuado y no sobrevalorar el papel que deben tener las escuelas en la vida de los niñas y niños. Esta es una valiosa oportunidad.

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