La Oreja verde: deberes y derechos

Niñez jugando

Promotora y gestora cultural especialista en pedagogía y cultura para la niñez; fue directora del Museo El Globo en Guadalajara y responsable de la transformación conceptual y física del recinto; es ciclista en tacones y madre todo el tiempo.

Ante el anuncio del regreso a clases el 24 de agosto, a distancia y a través del televisor, la niñóloga como cada quince días, nos lleva a la reflexión sobre lo que los adultos están decidiendo, sin poner en el centro, a la niñez.

Producción: Jade Ramírez

Deberes y derechos

La escolarización, la educación y el derecho al aprendizaje. 

A punto de comenzar un nuevo ciclo escolar en las condiciones más desfavorables para las familias y en medio del llamado emergente de la ONU de la catástrofe generacional que implica que la niñez pierda sus jornadas escolares, es justo el momento para detenerse a pensar los efectos reales de la desescolarización. 

Por un lado, está la situación de la escuela como proyecto unificador y socializador que entrena y orienta a las nuevas generaciones en el contrato social y posibilita obtener los conocimientos y certificaciones necesarias que les prepararan para el ámbito laboral y su utilidad como persona productiva. 

Por otro, la escuela como política pública, cuyos planes y programas están siendo rediseñados continuamente, en un intento por estar a la vanguardia, adaptando esquemas innovadores porque es lo que está vigente y son impulsados por organismos que buscan el crecimiento económico de las naciones, dejando de lado el bienestar como indicador de crecimiento humano. 

Pero la realidad es que antes de la pandemia, la niñez iba a la escuela a aprender, si, a aprender a aburrirse. Inmersos en formatos que negaban el movimiento del cuerpo, la expresión de las emociones y la creatividad, nuestra niñez pasaba sus jornadas, socializando, también, y acrecentando el problema que en los últimos tiempos llegó a ser una verdadera pandemia: el acoso escolar. 

La pandemia llegó a confinar a la niñez a un resguardo emergente, pero eso tampoco los libró del deber. La escuela como obligación llegó a invadir la esfera de lo privado, invadiendo lo doméstico y los únicos resquicios de libertad que le quedaban. 

La escuela no es mala en sí misma. Pero ha sido una institución que lejos de aspirar formar mejores generaciones, está destinada a perpetuar esquemas de dominación adultocentrista. 

Si bien, muchas personas señalan que, para algunas niñas y niños, la escuela es un refugio donde pueden escaparse algunas horas de sus entornos familiares disfuncionales, lo cierto es que el resguardo que brinda la escuela tampoco es un entorno seguro. 

Es lo que hay. 

Y ahora parece siempre más fácil simular una escuela en casa, como si los problemas se resolvieran si niños y niñas pueden retener contenidos académicos, por sobre su estabilidad y seguridad. 

El elefante está en la sala y nosotros seguimos sin verlo. 

Y lo que parecía una ventana de oportunidad para cuestionar, observar, calibrar y potenciar, se convierte de nuevo en una burbuja para proteger estructuras corroídas.

Educar es un derecho, la escolarización es un pesado deber que la niñez ha sido condenada a cargar. 

El derecho a aprender se sigue negando, porque para aprender debe conjugarse el interés, el asombro, el ambiente estimulante y el acompañamiento empático, y las aulas, para la mayoría, no lo representan. Y ahora, a través de las pantallas, mucho menos. Ya se experimentó con ello el pasado semestre y hay evidencias de que fue un estrepitoso fracaso. Y se puede argumentar que ahora el sistema está más preparado, pero no es así. La oportunidad está para que las autoridades educativas detengan todo, dejen a la niñez desescolarizarse por un momento y que las instancias educativas generen espacios de evaluación, reflexión y diseño y generación de un proyecto educativo, ahora sí, centrado en la niñez. 

¿Qué resultados tendría que los y las docentes se formaran en su campo, es decir, no en enseñar sino en facilitar el aprendizaje? 

Es que parece lo mismo, pero para nada es igual. Se requiere dejar de pensar la escuela como el reformatorio en el que se ha convertido y pensar más en el bienestar de la niñez. 

Una nueva escuela sería un espacio donde se promueva el juego libre, se detecten y se atiendan las vulnerabilidades, se propicie el conocimiento rizomático y no unidireccional, donde se respetara la contemporaneidad de la niñez, donde se transformen las asignaturas por proyectos autogestivos y donde el docente sea un niñólogo, más que un experto pedagógico.

Deja tus comentarios

Relacionados