La Oreja verde. Para ser felices se necesita una pandilla

Niñez jugando

Promotora y gestora cultural especialista en pedagogía y cultura para la niñez; fue directora del Museo El Globo en Guadalajara y responsable de la transformación conceptual y física del recinto; es ciclista en tacones y madre todo el tiempo.

Propuestas para ser adultos aliados de la niñez

Continuando con las voces de la niñez recopiladas por Francesco Tonucci en su libro Cuando los niños dicen ¡Basta! y que más que nunca resultan vigentes; hoy exploramos este mensaje en la botella que nos deja una niña. Ella dice “para ser felices se necesitan dos o tres” y evidencia la ruda realidad de la niñez urbana, y qué decir más en tiempo de resguardo por pandemia.

Solos no se puede ser felices. La naturaleza gregaria del humano se es superlativa en la niñez. Es cuando más necesitamos de la compañía de los pares para descubrir el mundo en términos horizontales. Para ser felices hace falta más de uno para compartir el estupor de las nuevas experiencias, nadie más puede reconocer el gozo del juego como vehículo de conocimiento.

Además, muchas personas especialistas en comportamiento humano han destacado que niñas y niños, aunque tengan sus necesidades básicas resueltas, sí no se relacionan con iguales, terminan desarrollando conductas patológicas.

En esta situación de emergencia mundial, donde el confinamiento ha sido una de las estrategias de la contención epidémica, todos, incluyendo la niñez tuvimos que reorganizar las rutinas y los espacios de socialización se han visto limitados a los entornos familiares, que, si son funcionales y saludables, pueden ser una experiencia afortunada, más no basta.

Si bien, la niñez requiere la compañía y cariño de sus padres, jugar con ellos, no es suficiente. La niñez necesita de más niños y niñas para su vital existencia. ¿Cuántos?, se pregunta Tonucci, “dos o tres”, le responde la niña.

Y podemos ver que no son multitudes lo que requieren para ser felices. No quince o veinte, como prevén los servicios que les proporcionamos los adultos. En la actualidad, podemos ser testigos de un despliegue económico, proyectivo y comercial para que niñas y niños puedan estar bien, incluso solos. Juguetes, pantallas y miles de entretenimientos para que pasen el tiempo, nunca saciarán su imperante de convivir y jugar con los amigos.

Habrá que tener cuidado de que una vez que volvamos a mejores condiciones sanitarias, no regresemos a la comodidad de los adultos de continuar confinando a la niñez en espacios grandes, con demasiados niños y niñas, en tiempos prolongados, donde la imposibilidad de escaparse para estar “con dos o tres” es imposible.

Y si esto suena mucho a la escolarización tradicional, estamos muy cerca. Y me refiero a comodidad de los adultos como mero eufemismo de la situación que enfrentan los padres y madres en largas jornadas laborales y la necesidad de tener a buen resguardo a sus niñas y niños.

La niñez sabe que depende por entero de los adultos, están condicionados a ellos, por lo que para ellos es muy importante contar con adultos que reorganicen sus prioridades y que encuentren equilibrio en sus vidas. Esto equivale a pugnar por mejores condiciones sociales y laborales que les permitan convivencia con sus padres y tiempo para pasar con los amigos.

Formación para la funcionalidad familiar, modelos de crianza equitativos para los géneros, condiciones laborales justas, facilidades para la maternidad deseada, redes afectivas que generen comunidad de crianza compartida, son temas políticos que parecen no concernir a la niñez, pero que vaya que les afecta y sus consecuencias influirían en el presente de toda una generación, que, con toda seguridad, antes que para ellos, pedirían para los adultos. Como lo dijo un niño en el registro de Tonucci, “Un niño tiene derecho a que sus padres sean felices”.

La niñez de Tonucci pide padres felices, hermanos, la posibilidad de encontrarse con los amigos, salir de casa y tomar los espacios públicos en libertad. Esto difícilmente estaría en un texto legislativo, pero sí son directrices para que los gobernantes tomen la felicidad y el bienestar como objetivo, quizá inalcanzable, pero con la convicción de que este debe ser la razón que conduzca todos los esfuerzos y actividades a su cargo.

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