La Oreja verde. La nada rosa vida de la niñez trans.

Niñez jugando

Promotora y gestora cultural especialista en pedagogía y cultura para la niñez; fue directora del Museo El Globo en Guadalajara y responsable de la transformación conceptual y física del recinto; es ciclista en tacones y madre todo el tiempo.

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Es urgente el reconocimiento social a las identidades desde una perspectiva de derechos; justo hoy, 20 de noviembre, se cumplen 31 años de que México firmó la adherencia a la Convención Internacional de los Derechos de la Niñez.

Ahí se establecen 54 artículos que obligan a los estados garantizar las condiciones mínimas de protección y participación en la sociedad de niños y niñas. 

Hace 30 años de la aparición de La vida en rosa, una poderosa película que aborda con nitidez el conflicto social a la condición trans en la niñez, como algo inaceptable.

El daño y malestar identitario carece de reconocimiento, provoca en la niñez que se descubre en la mirada de los otros como diferente y por ello, es estereotipada y estigmatizada.  

Mucho tiempo ha pasado y muchas personas transitaron su niñez preguntándose qué de malo hay en ellas, confundidas y viviendo en sufrimiento; no se reconocen en la dicotomía de género. 

Hace apenas unos días en Jalisco se aprobó modificar el reglamento del registro civil para reconocer la identidad de las personas, cumpliendo así una obligación contraída desde hace 31 años.

Apenas se hicieron las correcciones a la legislación vigente para, desde una perspectiva de derechos, garantizar que las personas no tengan que sentirse excluidas por ningún motivo. 

No se trata de un tema de moda, ni que se estén torciendo las buenas costumbres, sino de garantizar una cultura de paz, que solo se logra con el respeto a las diversidades de las que están compuestas las sociedades. 

La niñez es completa y compleja, entre más pronto reconozcamos esto, más pronto quitaremos los obstáculos para atender, asistir, promover e impulsar una niñez más sana, libre y portentosa.

Una niñez que no tenga que recuperarse de nuestras acciones de incomprensión, morbo y rechazo frente a todo lo que es distinto como amenazante.

Solo así estaremos cumpliendo con el compromiso contraído como Estado, que en sus deberes está promoción del respeto y el ejercicio operativo-formativo en perspectiva de derechos.  

Pero más allá de las políticas públicas, nuestras acciones particulares deben modificarse: con respeto toca reconocer que no todos nos expresamos igual ni todos cabemos en la misma caja.

La riqueza de la diversidad debe ser reconocida, aceptada y apreciada desde los más tempranos orígenes de las personas.

Seamos los adultos que expanden este mundo para que quepamos todas y todos, sin prejuicios ni estigmas.

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