La Oreja verde. La niñez tomando decisiones sobre lo que le afecta

Niñez jugando

Promotora y gestora cultural especialista en pedagogía y cultura para la niñez; fue directora del Museo El Globo en Guadalajara y responsable de la transformación conceptual y física del recinto; es ciclista en tacones y madre todo el tiempo.

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¿Por qué es socialmente aceptable que la niñez no tenga voz en las decisiones que le afectan?

Todos los humanos merecen sentirse respetados y escuchados.  Sin embargo, aún y cuando ya creíamos superados muchos estigmas hacia la niñez, es muy fácil ser testigos de escenas penosas, en cualquier ámbito donde se encuentren involucrados niños y niñas de cualquier edad.

La niñez constantemente requiere permiso para ser tratada como ser humano y no como un algo en entrenamiento, por parte de los adultos. A la niñez, constantemente se le hace sentir que necesita permiso para ser respetada y tratada como las personas que son.

Socialmente, podemos observar como los grupos humanos, cuando son reprimidos, se rebelan y se confrontan con la autoridad que ejerce el control. La niñez, como cualquier grupo social, e individuo en particular, no le gusta ser controlada. Y no es arbitrario, ni casual. Como a cualquier persona, niñas y niños prefieren ser tratados en una base de respeto, a partir de un adulto saludable y sensible que le acompañe a descubrirse en la experiencia de sus emociones, conflictos, dificultades y logros.

La sociedad trata a la niñez como si fueran individuos en preparación para un momento en el que sean suficiente grandes para ser tomados en serio. Mientras tanto, son tratados como infrahumanos y se les educa bajo nuestras expectativas. Como escuché en alguna película mexicana de los 60s: No te quiero por lo que eres, sino por lo que puedo llegar a hacer de ti.

En muchos sentidos, aun creemos que la crianza de niñas y niños nos da derecho a ejercer poder y premiar o castigar a nuestra conveniencia, siempre argumentando el beneficio superior de la niñez.  Y seguimos enviándolos a la escuela, que esta pandemia nos ha brindado la oportunidad de ver el putrefacto esqueleto de esta institución, porque consideramos que fuera de lo escolarizado, no hay aprendizaje o, por lo menos, no aprendizaje que se pueda certificar y, por lo tanto, aprendizaje inútil para las expectativas sociales.

Ser un adulto aliado de la niñez implica no infantilizarla. Y vaya que todos los días, de muchas maneras, podemos atestiguar mensajes donde se evidencia que niños y niñas son menos importantes y, por lo tanto, menos merecedores de respeto.

Y aunque no lo queramos reconocer porque hemos idealizado a la niñez tanto, que se vuelve incómodo evidenciar que recurrimos a la palabra infantil como insulto a una persona que toma malas decisiones, o que hay una ortodoxia y una presión social para demostrar que ejercemos una buena parentalidad, que recurrimos a cualquiera que, de buena fe o no, se manifieste como experto en estos temas, invalidando nuestra propia experiencia como el niño o la niña que fuimos y ahora como adulto cercano a la niñez que nos toca acompañar.

Preponderamos comportamientos considerados educados en niñas y niños, sintiéndonos incómodos siendo testigos de una niñez incorrecta, cuyas expresiones no son las esperadas y deseadas. Y justificamos el control de la conducta como solución a sus reacciones, que recordemos que no son casuales y que generalmente son una respuesta a la nulificación de sus intereses y necesidades.

Para comenzar a ser respetuosos de la niñez y visibilizarla en todas sus expresiones es necesario comenzar a reconocer que, aunque no se tiene que estar de acuerdo con sus reacciones y comportamientos, nunca habrá un momento en que la niñez no sea digna de respeto. Generar caminos hacia la escucha, tener disposición al diálogo horizontal, nunca tratar a niños y niñas como nunca tratarías a un adulto y reconciliarnos con nuestra propia niñez, son comienzos para dar voz y facilitar que niños y niñas participen activa y auténticamente en las cosas que les afectan, desde sus propios términos.

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