Escribo porque existo: Bajón emocional

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Escribo porque existo: Bajón emocional

Por: Lina Ramos. Imagen: Archivo. Fecha: 12 febrero, 2024

¿Por qué me siento triste? ¿Por qué a veces me cuesta alejarme de personas que me lastiman?

Evoco a una mujer sentada frente a mi en una fiesta. Es linda, habla mucho, demasiado.

Siente que solo le importa ella y su novio porque no le presta atención a nada más. Me fastidia que no tenga curiosidad por mi, me molesta que hable de temas que no entiendo y no se moleste en incluir a quienes no tenemos contexto.

Veo la mesa y me doy cuenta de que hay más de treinta personas con las que podría hablar, pero mi cuerpo sigue clavado a la banca, mis brazos no se despegan de la mesa, mi espalda está encorvada, la enderezo
cuando miro a lxs demás y me percato de mi incómoda postura así como que estoy mirando a las personas de abajo hacia arriba.

El novio de la chica es piloto aviador, nunca había conocido a uno y tiene una camaradería tan orgánica, linda que deseo hablar con él, que me cuente de su vida y su trabajo, pero a mitad de la conversación ella lo besa y pierdo por completo su atención.

Platico un tiempo considerable con otro sujeto quien me mira con aparente atención, pero su respuesta a mi extensa opinión sobre la militarización de país fue “que buena onda”, dándome a entender que no me estaba escuchando.

Me pido unos boneless que no me termino porque son demasiado salados. Mi amigo cumpleañero se me acerca y platica unos minutos conmigo.

Otrxs

Quiero irme con otras personas, pero no me levanto en toda la fiesta hasta que casi al final el cumpleañero saca de mi cartera la imagen de la diosa Kali.

Se impresiona, se la enseña a lxs demás, todxs la miran, algunos la maltratan, la chica me hace preguntas desde la moralidad y me tenso.

Me salva un chico que se levanta para hablar conmigo y nos vamos a jugar ping pong. La chica se interesa y hacemos retas y yo dejo de jugar porque perdí.

Veo que el chico está interesado en mí y me tenso porque él no sabe que no puede ser recíproco, pero intento disfrutar el momento.

Un arete se me rompe y la chica me dice que ella me lo repara y al momento de yo estarme despidiendo, me comenta que se le cayó y no sabe dónde está.

No se qué siento: shock, tristeza, se rompe aún más la simpatía, se reafirma mi mala espina y mi sospecha de su perfil narcisista aumenta.

Llego a casa a dormir y tengo sueños incómodos: el piloto y la chica exigiendo algo que no sé qué es pero me tensa; también veo gente asesinada en la calle.

Del shock a pensar

Una vez que redacto mi historia en papel pasa un tiempo. Me llevo al cine, lo platico con un par de amigxs, después lo paso a la computadora y siento que mis emociones se apaciguan. Diego me dice “solo fue un mal día” y tiene razón.

Mientras tanto Ale aún no me dice nada pero se preocupa por mi y esa seguridad hace un instantáneo contrapeso a mi sensación de soledad.

Soy paciente conmigo y es un aspecto que aún estoy aprendiendo a accionar desde lo que mi cuerpo me indica. Reconozco que los viejos patrones siguen presentes, se sienten familiares.

Se siente familiar quedarme a escuchar a una chica que no le importo. Buscar reconocimiento así es como buscar el tesoro al final del arcoíris.

Hice este ejercicio como un antídoto al caos que ocurre cuando una situación me desborda, no me comprendo y me siento sola.

Cuando la experiencia es compleja y mi rango de comprensión queda limitada frente a la inmensidad. Cuando parece que tengo control sobre
mi vida y siento que puedo decidir priorizar mi bienestar, llega un evento que me recuerda «no siempre es posible».

Al mismo tiempo, recuerdo que ahora tengo muchas herramientas para no hundirme y seguiré fortaleciéndolas para seguir caminando al horizonte.

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Psicóloga, feminista y actriz.

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