Brigadistas mexicanas, las que encuentran pedazos en un país destrozado

Brigadistas en Veracruz

Aprendió a leer a los 3 años con un periódico y desde entonces supo que lo suyo era el periodismo. Se ha especializado en temas de Derechos Humanos, inseguridad y violencia en Veracruz, desde donde reportó para el noticiero en vivo de Aristegui Noticias (2017-2019). Autora de "Guerracruz" (2019, Penguin Randon House), libro periodístico para entender el contexto del estado en la última década. Cronista seleccionada para el primer Mashup de Periodismo de la Agencia Bengala (2014), Premio Regina Martínez (2018), Premio Estatal de Crónica CEAPP (2019) y segundo lugar del Premio Alemán de Periodismo (2019). Si no fuera periodista, sería astrónoma.

En las recientes semanas madres en busca de desaparecidos en México, han visibilizado desde un plantón en Palacio Nacional, el abandono institucional que tocó fondo con la renuncia de Mara Gómez la titular de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas. Violeta Santiago, plasma en esta crónica los días que reporteó la Quinta Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas en el norte de Veracruz, pues tuvo importantes hallazgos que quedaron invisibles con la llegada de la pandemia. El coronavirus desplazó la búsqueda de desaparecidos por considerarse una actividad no esencial.

–Usted ya nunca va a encontrar a su hijo. Ya no lo busque porque su hijo fue “cocinado” —le dijeron a Maricel Torres Melo la última ocasión que dio dinero a cambio de información para conocer el paradero de su hijo de 17 años.

Entonces creía que era una mentira para que ya no buscara o que la habían engañado por dinero, como cuando por mucho tiempo pagó hasta quebrar económica y emocionalmente mientras creía que protegía la vida de su hijo, pero en realidad era extorsionada a costa de su desesperación.

Cuando desapareció Iván Eduardo Castillo Torres el 25 de mayo de 2011, cada día después salió a buscarlo “como una loca” con una fotografía en la mano, preguntando a quienes viven en las comunidades rurales alrededor de Poza Rica si lo habían visto.

Iván siendo menor de edad en 2011, la noche del 25 de mayo pidió permiso para salir, aunque no era fin de semana convenció a sus padres y salió con tres amistades: dos chicas y un joven, a la feria de la Cámara Nacional de Comercio. Después de la medianoche avisó que volvería tras cenar tacos con sus amigos en la avenida 20 de Noviembre, una de las calles más activas del municipio petrolero del norte de Veracruz, pero fue la última vez que se comunicó. Lo que averiguó Maricel sobre su hijo y sus amigos fue que los detuvo la policía Intermunicipal Poza Rica–Tihuatlán–Coatzintla.

En 2018 Maricel me relató cómo conoció a los hermanos Trujillo Herrera y a su madre, María Herrera, de quien tomaron el nombre para conformar el primer colectivo de búsqueda de personas desaparecidas en Poza Rica y los demás municipios en el norte veracruzano.

Maricel y María están unidas por un lazo invisible: la búsqueda de un hijo. María buscaba a cuatro, dos desaparecidos en Guerrero y a dos en Poza Rica, también por la policía Intermunicipal y en el mismo año que Iván. Ambas mujeres pasaron de tratar de localizar a los suyos, a emprender un trabajo para encontrar a decenas o cientos de hijos de sus compañeras, algunas que murieron a la espera de una respuesta o quienes ya no pueden salir por el cansancio o el miedo.

A siete de buscar a su hijo, Maricel adquirió consciencia “ya no conozco otra vida que no sea la de buscar a Iván”, su único temor era a morirme sin haberlo encontrado, y repetía que si él pudiera oírla le diría: “Iván, desde donde sea que estés, tu mamá te ama y te dice que te va a encontrar”, agregó en aquella entrevista.

Foto: Violenta Santiago.

Una brigada de reencuentros en busca de hallazgos

Ya en 2020 durante la Quinta Brigada Nacional de Búsqueda, por primera vez escuché a Maricel quebrarse, intentando procesar la idea de que podría no hallar a su hijo debido a la abundancia de “cocinas”, la forma perfeccionada de la desaparición en Veracruz que significa la reducción al máximo de un cuerpo destrozado, metido en un tambo y disuelto totalmente por ácidos o combustible.

La Brigada fue un símbolo de esperanza para los cientos de familias del colectivo Maricel-Herrera que buscan a más de 145 personas desaparecidas en el norte de Veracruz, uno de los estados que encabeza la lista de desapariciones como de fosas clandestinas en México.

Entre el 7 y el 22 de febrero de 2020 el grupo conformado por más de cien voluntarias principalmente mujeres, recorrió los alrededores como alguna vez los caminó Maricel, pero ahora ella estaría acompañada de rastreadoras de otras partes del país; expertas a su modo, en un campo en el que no habrían imaginado tener la necesidad de incursionar, hasta que se enfrentaron con la necesidad de hallar los restos humanos de los hijos propios y los hijos de lucha.

Aun con todos los esfuerzos de localización, las avanzadas, los rastreos o extenuantes jornadas en campo, la Brigada no desenterró cuerpos. Lo que emergió fue un secreto a voces que se negaban a admitir: el norte de Veracruz está lleno de “cocinas” y que por eso no quedaba mucho por exhumar.

Foto: Violenta Santiago.

Brigadistas transformados en investigadores

Miguel Trujillo cree a sus hermanos, Gustavo y Luis Armando, la policía Intermunicipal los desapareció por el simple hecho de viajar en un auto con los vidrios polarizado y placas de Michoacán. El Jetta negro acabó en el deshuesadero de Gregorio Gómez Martínez, dueño de “Autopartes y Accesorios Gómez” y también expresidente municipal de Tihuatlán, mientras que sus teléfonos celulares mostraron como últimas ubicaciones las antenas cercanas a la base en donde operaba la Intermunicipal antes de ser desmantelada.

La búsqueda en el norte de Veracruz se pospuso durante años para dar prioridad a otras exploraciones: en 2016 se trabajó en Amatlán de los Reyes y en Paso del Macho; en 2017 buscaron en Sinaloa; en 2019 se fueron a Guerrero. Finalmente entraron a la región que tenía una deuda pendiente con los hermanos Trujillo y cuyo camino al inframundo se abre solo a paladas.

La Brigada se alojó el 7 de febrero en Papantla en la Casa de la Iglesia. Llegaron voluntarias de todas partes que se reúnen en el amplio comedor cada mañana para la misma rutina cada día: desde las siete saciar el estómago con café negro, pan dulce, atún, frijoles o algunas verduras cocidas; luego formar listas según su eje de búsqueda: si van a campo, a escuelas, cárceles, plazas públicas o la morgue. Cada quien aborda el vehículo que le toca y no retornan hasta caída la tarde para una modesta cena, asearse y tratar de dormir un poco en una cama o colchoneta, de acuerdo con el orden de cada habitación compartida hasta por cuatro mujeres.

Par el primer día de trabajo en campo, el 9 de febrero, el coronavirus todavía era una noticia ajena, guantes y cubrebocas son los insumos básicos para salir a buscar; no se usan como protección contra el virus sino para no contaminar los restos y filtrar el olor a putrefacción, en caso de dar con un punto positivo. Para varias buscadoras esa fue la primera vez que participan y lo tomaban literal como una escuela: intercambian su tiempo por conocimiento que llevarán a sus propias expediciones.

Custodiadas por patrullas de la Policía Federal y la Guardia Nacional, salieron tres camionetas y una de batea para el acceso al terreno que es complicado. Me sumo a la pick up, agazapada. Encuentro recargadas en la tapa trasera, a Rosalba de Baja California Sur y Tranquilina, de Guerrero; enfrente va Angélica, de Baja California Norte y a su lado una observadora de derechos humanos.

Foto: Violenta Santiago.

Rosalba Ibarra Rojas es quien habla primero “La gente ha de estar ‘paniqueada’ con todo esto” dice y alrededor están las caras de las personas que miran pasar la caravana de camionetas con buscadoras.

Atravesamos Papantla y en una hora cruzamos Poza Rica para tomar la carretera hacia Puebla, al atravesar el centro Tranquilina se percata de que llama la atención la caravana “mira al ‘halcón’ grabando” y no se equivoca, observamos a un chico apuntándonos con el móvil frente a su paso.

Para bajar el cerro se tomó una carretera angosta hasta cruzar un puente de un sólo carril muy cerca de las aguas cristalinas del río San Marcos. Por fin se llegó a la comunidad de El Paso, en el municipio de Coyutla, Veracruz donde la mayoría de las casas están cerradas, ocho paredes lucían pintadas con el logo del PRI; conforme se avanza la vereda se adelgaza la maleza que devora los bordes. A la altura del tercer portón para ganado y tras cruzar un vado seco, descienden varias para poder pasar. Irónica Rosalba exclama “pues gasolina sí tenían los malandros” y con eso se rompe el silencio para rematar con “y buena camioneta también”.

Las que buscan encuentran y se reconfortan

A tres horas de camino de Papantla, la Brigada encontró huesos muy posiblemente abandonados por la Fiscalía General del Estado un año atrás, cuando hallaron el cuerpo de un muchacho de la zona que estaba desaparecido. Consideraron que podría haber restos de más personas por lo que ahí comenzó oficialmente la búsqueda en campo.

El experimentado rastreador de Guerrero que lidera la búsqueda en campo, Mario Vergara, enuncia instrucciones y las rastreadoras, prestas, toman pico, pala, varilla, barreta o rastrillo y dejan que el túnel de maleza las engulla. Hay una vereda no tan marcada, pero perceptible, que las lleva hasta un trozo de cráneo manchado de tierra, vértebras vacías de médula junto a un calcetín, una delicada costilla descarnada, un cúbito y un trozo de mandíbula con algunos dientes; había un casquillo, pero se lo traga la tierra gruesa y húmeda. Ahí se detienen las buscadoras unos segundos, por grupos, para ver cómo lucen los huesos humanos.

Foto: Violeta Santiago.

Las buscadoras no pierden tiempo e inician el rastrilleo de la hojarasca con herramienta o con las manos para detectar algún hueso suelto.

            —¿Hacia dónde quiero que busquemos? —grita Mario Vergara y el eco retumba hasta arriba de la colina.

            —¡A todos lados! — responden en un solo grito las mujeres.

Después de subir y bajar el monte encuentro a Reina Barrera García con mirada expectante, está sentada cerca del acordonamiento observando a los peritos federales recoger los huesos que otros peritos, pero estatales, ignoraron un año atrás. El aire a nuestro alrededor apesta como a ajo, culpa de la planta de ajillo, pero eso no parece incomodarle: a sus 71 años desafía al cansancio para buscar al séptimo y más pequeño de sus hijos.

Colgada del cuello, como muchas otras madres, Reinita —como le dicen de cariño en la Brigada– lleva la foto de Luis Javier Hernández Barrera protegida en una mica plástica. El 20 de noviembre de 2020 cumplirá 9 años de desaparecido. Vivía en Poza Rica mientras ella se había ido a vivir a Reynosa con una de sus hijas, otra le avisó por teléfono que Luis Javier no aparecía y Reina abandonó el tratamiento médico al que necesitaba someterse para regresar a Veracruz a buscarlo.

Mientras platico con ella aprieta esporádicamente la mochila negra en la que guarda unas medicinas, un par de teléfonos y una plantita que halló este día y que le gustó mucho por cómo florece.

Voz de Reina Barrera García. Su hijo lleva 9 años desaparecido. Tiene 71 años de edad.

La confesión de Reina hace verla visiblemente agotada, por eso al final de la jornada del primer día, rezan un Padre Nuestro y en círculo tomándose de las manos, se voltean y abrazan a Reina quien está acongojada. La aprietan contra sus hombros para secarle el sollozo amargo, comienzan a bailar a su alrededor, extienden sus manos y la hacen brincar. Poco a poco ríe: la mitad de su rostro esboza una sonrisa y la otra se curva en una mueca de dolor.

Días después radiante, la madre de Luis Javier presenta a otro de sus hijos a todas las brigadistas en el comedor, esté entusiasmada porque ha venido a ayudarla a buscarlo.

Cantos para enjuagarse el duelo

Marité Kinijara viste una camiseta estampada con la foto de su hermano Fernando y fecha en que desapareció en Empalme el 11 de agosto de 2015. Lleva cinco años buscándolo y como allá no había colectivo, fundó uno con otras familias y se dividieron en siete municipios para buscar a más de 800 personas desaparecidas en Sonora. En un receso para comer sándwiches de atún, Marité empieza a cantar una canción compuesta para ella y su colectivo.

            “Esta no es una canción del montón,

            porque quiero que cause mucha, mucha reflexión

            de cómo se encuentra en realidad la situación

            de impunidad, de nuestra nación”.

Se da paso a un silencio para escuchar la letra que se acompaña de una guitarra.

Canción Guerreras Buscadoras de Sonora por Rogelio Fernández, interno de la cárcel de Guaymas, Sonora.

—¡Estar en la Brigada es construir la paz!

¡Estar en el fango es construir la paz! —

Canta Marité durante el segundo día de búsqueda con la mitad del cuerpo sumergido en un tramo estancado de río. Estar en campo significa pasar seis horas desmoronando maleza, cerniendo tierra, cavando con pala, pico y varilla. Los guantes y las mascarillas no escasean porque aún no había llegado el coronavirus a México, se come donde caiga el hambre: tortas de atún y tamales son los básicos más algunas naranjas y electrolitos para hidratarse.

Se crea buen ambiente durante la pausa para comer, aunque cada día el retorno se pinta más triste al no dar con hallazgos positivos. Las búsquedas se alargan infructíferas durante una semana. Apenas algunos huesos de un par de personas y, eso sí, una gran variedad de ropa es lo que se ha desenterrado.

La Brigada incluso llega a un campamento en La Antigua, ejido de Tihuatlán, en donde los pobladores le cuentan a Miguel Trujillo que antes del 2014 llevaron al cerro frente a su comunidad a alrededor de sesenta jóvenes a los que forzaron a subir y bajar la colina nada más apoyados con los codos, bajo la amenaza de recibir tablazos. Sólo fosas viejas, ya trabajadas por la Fiscalía General del Estado y basura de la anterior diligencia es lo que suman al primer fin de semana.

Foto: Violeta Santiago.

Explorar todos los necrocentros posibles

El día que la Brigada se quebró fue el martes 18 de febrero, cuando ya habían transcurrido diez días. Después de explorar por una semana al poniente de Poza Rica, decidieron ir a La Gallera, un rancho en Tihuatlán.

La Gallera es un lugar con historia para el colectivo María Herrera. Entraron ahí la primera vez en 2017 y se convirtió en la primera prueba de las “cocinas humanas” en Veracruz. Según investigaron, el rancho había sido arrebatado a los dueños cinco años antes para convertirlo en un centro de exterminio del cártel de Los Zetas.

En entrevista con Maricel me contó que la primera ocasión que entró la Fiscalía General del Estado no reportaron hallazgos, pero la segunda vez, cuando fue el colectivo de buscadores, desenterraron a cinco hombres y una mujer que tendrían poco de haber sido inhumados. Gracias a los tatuajes aún visibles en uno de los cuerpos, una familiar identificó a su hermano.

Tres años después y con cinco brigadas de por medio, el colectivo María Herrera vuelve a explorar el paraje. No deberían encontrar nada, pero la falta de resguardo y las deficientes diligencias de la Fiscalía no son garantía para ellas.

Se llega al punto buscado. La vegetación delinea el camino hasta la casa y un horno. En circunstancias normales, el horno se usaría para el tamal tradicional de la región, el zacahuil, pero tras el primer hallazgo de necrocentro de Los Zetas en el gobierno de Javier Duarte, se reconoce que el horno se transformó en un crematorio. Así fue como descubrieron las buscadoras que en la jerga de los torturadores se decía que “zacahuileaban” a las personas.

La fachada de la casa es rosa devorado por el sol. En la mayoría de las ventanas no hay vidrios y en otras, ni siquiera herrería. En la esquina de la pequeña cocina hay decenas de olotes perfectamente desgranados junto a algunos envases de cerveza. Cada una de las tres habitaciones tiene un color distinto; en el primer cuarto, el azul, hay un sucio asiento de auto, dos empaques de condones abiertos, se percibe una mancha café que es distinguible la figura, es una huella hemática de una mano y luego muchos tallones en la parte baja, casi cerca del suelo.

Foto: Violeta Santiago.

Al ir explorando las habitaciones se ve un clóset sin cajones, una caja de pastillas para la diarrea y aparecen nombres escritos a lápiz en los muros: Pedro Morales Juares, María Guadalupe; de vuelta a la sala lúgubre aparece un grafito “Z-35”. Luego viene un cuarto sin terminar con abundante papel de baño usado. Al frente yace el horno con sus cenizas frías; atrás, el patio donde hace dos años sacaron los cuerpos y en el perímetro encuentran, como novedad, cerca de una docena de garrafones para agua perforados en la base, vacíos y enterrados verticalmente.

Aunque en 2017 la fiscalía dio con cráneos de niños después de la insistencia de que siguieran buscando, a tres años se comprueba el inacabado trabajo de peritos en el lugar pues logré distinguir el plástico de un chupón rosa todavía ahí entre los vestigios del horror.

Es el segundo día de búsqueda en el lugar y Yadira González Hernández rastreadora de Querétaro quien desde hace casi 14 años busca a su hermano Juan, tiene un diálogo con Tranquilina, originaria de Guerrero. Está hincada en el patio trasero de la casa:

—Mira ven, es que quiero saber si este, ¿verdad qué es humano?

—¡Mira, ahí hay otro! ¡Otra vértebra! ¡Y acá también!

Yadira destacó rápido en la Brigada por su fortaleza y carácter. Ese martes, no obstante, se congela al verse rodeada de pequeños fragmentos de hueso. Bastó con que la otra buscadora acariciara la tierra, para que de inmediato descubran restos óseos, la mayoría, calcinados y tan pequeños que una decena cabe en la palma de un guante o en un recuadro de papel higiénico. Pedazos, además, cercenados con sierra, de acuerdo con el ojo experto de la queretana.

Dañados por el fuego, explica que resultará difícil poder extraer el ADN de las piezas que, en todo caso, acabarán destruidas en el proceso científico. Es la reducción total. Con suerte, de ser identificables, los familiares apenas recibirían un documento que signifique la certeza de la muerte.

Esa casa y toda su periferia fue explorado cinco veces más y siguió vomitando huesos, incluso hasta cenizas enterradas aparecieron. Las buscadoras saben que la Fiscalía General de la República no se daría abasto por lo que deciden dedicar esa y otras dos jornadas siguientes a colar las cenizas del horno para identificar restos humanos.

Son tantos que la pastor belga, Danisha, se satura del aroma de la muerte y ya no puede seguir apuntando lugares. Por eso Yadira prefiere volver a enterrar un puñado de huesos que había sacado de un agujero. Cree que los días, sumados a lo largo de los últimos dos años, no han sido suficientes para comprender la magnitud del problema, que este lugar debería ser intervenido por años, porque con el simple roce de la mirada quedan al descubierto los restos ennegrecidos.

Las buscadoras que no pudieron ir el primer día a La Gallera, supieron del resquebrajamiento de todas. Durante los siguientes días me platican que fue algo muy duro, un golpe bajo, un sollozo coral que no sucedió en el momento exacto para todas, sino que uno fue detonando otro y cada grupo tuvo sus instantes. No obstante, lo que sucedió en La Gallera se esparció como un hálito turbio y estremecedor entre todo el colectivo.

Yadira expresó su vivencia “fue un movimiento de sentimientos horrible. La Gallera es un campo de exterminio total”.

Ella se encontró rodeada de fragmentos óseos y no sabía si permanecer inmóvil o caminar y aplastarlos para poder salir, quiso agarrarse de Tranquilina para impulsarse en un brinco, pero su compañera le hizo saber que, aún estáticas, ambas los estaban pisando. Entonces, cuenta que se rindió.

—Creo que te contagias, ¿no? Una vez que ves que uno se quiebra, pues los demás también, la mayoría.

Ya no quedaba más por hacer que llorar junto a Tranquilina.

Transcurren los días, llega el agotamiento y se asoma la desesperanza

Para el miércoles 19 de febrero 2020 hay rostros nuevos que se han sumado en reemplazo de otros grupos. Puedo observar que flota en el ambiente una atmósfera desgastada y melancólica.

Aunque tenían la certeza de encontrar otra “cocina” en un rancho a espaldas de un fraccionamiento residencial, también en Poza Rica, lo que van sacando es solo ropa y con ello, el desconsuelo constante de la Brigada: aquí o allá donde se escarbe, solo surgen prendas.

Maricel me dice que ya no cree hallar a Iván y ahora, todo parecía encajar. A dos días de cerrar la Brigada, mientras recorremos un rancho en donde la tierra vomita ropa, finalmente exhala, agotada “Yo siento que ya no lo voy a encontrar nunca”.

María de los Ángeles Ortiz empieza a narrar que el 16 de marzo de 2015 desapareció su hijo de entonces 19 años, Ángel Raymundo Castro Ortiz, quien estaba en la Ciudad de México para grabar un disco de rap, pero que había vuelto a Papantla para visitar a su familia y ver a su novia. Partió en un taxi colectivo hacia Poza Rica y, según lo que ella investigó, fue detenido en el sitio de taxis por la Intermunicipal a tres meses de que la corporación fuera desmantelada por Javier Duarte. El sentimiento que permea en Maricel lo revive ella y el resto del colectivo.

Voz de María Ortiz. No se explica lo inhumano de “las cocinas” en los necrocentros Zetas de Veracruz.

Autoridades de Veracruz y gobierno federal supieron siempre de “las cocinas”

Miguel Ángel Trujillo Herrera se toma un tiempo para que conversemos. La confirmación de las cocinas se ha hecho a principios de la segunda semana de búsqueda y él ha comprobado al menos 12 sitios de 30 que le señalaron y por la escasez tiempo no pudo visitar todos.

Fragmento de entrevista a Miguel Ángel Trujillo Herrera, brigadista.

La Quinta Brigada Nacional de Búsqueda a su paso encontró tambos oxidados y bidones en áreas despobladas que sumados a los testimonios tanto de presuntos “ex cocineros” como de pobladores de El Aguacate, en Papantla, que un día descubrieron que los tambos de basura habían desaparecido y después los hallaron en el cerro, explican por qué tuvieron, Los Zetas, facilidades para exterminar desaparecidos.

Fragmento de entrevista al brigadista Miguel Ángel Trujillo

Todo tiene que ver con el auge de la industria petrolera entre Poza Rica, Tihuatlán, Coatzintla y Papantla que permitió la cruel práctica por la abundancia de recipientes, combustible y la fácil confusión de una llama de desfogue de un campo petrolero entre la vegetación de los cerros con el ardor de una “cocina”.

Voz de Miguel Ángel Trujillo, brigadista

Esa noche pude leer la averiguación previa PGR/SIEDO/UEIAR/073/2011 en la que el 31 de agosto de 2011 un hombre identificado como Karim M. C. rindió su declaración después de haber sido detenido por la Secretaría de Marina en un operativo exhibido en su página de prensa con el comunicado 279/2011 como un golpe a “Los Zetas” en Veracruz.

Durante el proceso le encontraron una licencia de conducir falsa que, agregaría en su declaración, la compró por 2 mil pesos en la oficina de Tránsito de Poza Rica.

Según el documento oficial, Karim trabajó de 1996 a 2007 en la policía Intermunicipal Poza Rica–Tihuatlán–Coatzintla, pero renunció y se integró a Los Zetas en 2010 con un pago de 4 mil pesos quincenales y un vehículo para ser “halcón”, pues vigilaba el movimiento de los militares en la zona. Un año después escaló hasta convertirse en “jefe de plaza” de Poza Rica y se encargó de vigilar la venta de narcótico y el “cobro de piso” a quienes vendían piratería, con lo que sacaba casi medio millón de pesos mensuales, del que destinaba 386 mil pesos para distribuir entre la policía Intermunicipal.

En la averiguación previa consta que calificó de “colaboradores” a la policía Ministerial de Veracruz, elementos de la policía Federal división caminos y un capitán del Ejército al que le pagaban la comida en un restaurante de la avenida 20 de Noviembre.

En la hoja foliada con el 610 el detenido menciona explícitamente que las personas que su gente asesinaba eran calcinadas o “cocinadas”, el documento oficial georreferencia a los ranchos “El Palmito” y “Del Abuelo”, ubicados en la carretera entre Poza Rica y Cazones. Aunque los policías federales durante el gobierno del presidente Felipe Calderón Hinojosa supieron de la existencia de esta práctica en el norte de Veracruz, jamás se hizo algo por detenerla.

El cierre de la Quinta Brigada, un duro golpe a la resistencia de las familias

El jueves 20 de febrero 2020 dejamos Papantla y me despido con la mirada clavada en los montes verdes y sus columnas flamígeras dispersas entre la maleza. Se acabó la búsqueda y al día siguiente las brigadistas comunicarán los resultados y los hallazgos de las “cocinas”.

De ahí la desesperación de Maricel y el sollozo de María. Jamás había visto una forma tan arrebatadora de incertidumbre. Es algo sumamente distinto a la muerte, porque la muerte incluso parece cálida gracias a la certeza que sosiega, diáfana frente a la desaparición que es toda turbiedad: alguien se ha esfumado y no tienen idea de si la vida alcanzará para volver a verle fuera de los pensamientos, las fotos, las pancartas, las fichas de búsqueda o, al menos, para llenarse de paz en una tumba, en un sepulcro.

Las “cocinas” descubiertas y confirmadas por la Brigada arrebatan la idea de una tumba y sumerge a quienes buscan en la propia. “Muerta en vida” así se define María Ortiz con los ojos lacrimosos y, finalmente, lo deja fluir. Muerta por un dolor muy grande y ya muerta, sintiendo ahora que muere todavía más. “Es como si me hubieran echado la última palada de tierra”, exclama.

El viernes 21 de febrero antes de despedirme de Maricel noto que la fuerza que parecía haberla abandonado días atrás, se reinstala en ella. Me dice qué a pesar de todo, seguirá buscando a su hijo y seguir buscando a los demás.

Foto: Violeta Santiago.

Después llegó la pandemia que frenó las búsquedas y sigue deteniendo la labor de las rastreadoras mexicanas. Para ellas no hay desabasto de cubrebocas pues incluso las usan con la consigna #HastaEncontrarlos; el problema es el tiempo perdido…no han podido salir y saben qué si no escarban la tierra, nadie más lo hará por ellas.

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