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Nueve estampas de la impunidad feminicida

Texto: Margena de la O
Fotografía: Carlos Carbajal

Desde que inició 2017 hasta el 6 de marzo del 2020 asesinaron en Guerrero a más de una mujer cada tercer día. Este es el periodo que lleva activada la Alerta de Violencia de Género (AVG) contra las Mujeres en el estado, un mecanismo que debería contener acciones concretas para aminorar las estadísticas y los riegos para las mujeres. Pero el peligro continúa para ellas y sus asesinatos son más cruentos.

Esa crueldad la conoce y la documenta la presidenta de la Asociación guerrerense contra la violencia hacia las mujeres, Marina Reyna Aguilar. Es una de las feministas que pidió la declaratoria de la alerta para Guerrero y desde entonces cada día archiva y genera estadísticas de los asesinatos de mujeres.

Lo hace a partir del monitoreo de noticias en los medios de comunicación. Suma los casos con características relacionadas a las circunstancias del delito de feminicidio, que registra como homicidios dolosos de mujeres con presunción de feminicidio.

Su base de datos arroja que en estos más de tres años asesinaron en Guerrero a 621 mujeres en esas circunstancias. Más de una mujer cada tercer día si se toma como referencia los 1,161 días transcurridos en este periodo.

Cada año contabilizado tiene un comportamiento distinto, en estadísticas y circunstancias. Durante 2019, Reyna Aguilar notó que las estadísticas tenían una ligera disminución, pero la crueldad iba en aumento. Para 2020 es la misma percepción. El fenómeno de feminicidio está instalado en Guerrero.

Los años quedan así en números: 2017 cerró con 166 homicidios dolosos de mujeres con presunción de feminicidio, 2018 con 233 casos, 2019 con 192, y en lo que va de 2020 van 30 casos.

Los tres primeros años indican que en Acapulco, Chilpancingo y Chilapa son los municipios donde más mujeres asesinaron con estas características. Este 2020 también arranca con más casos en el puerto y la capital, pero con un ligero cambio en el tercer sitio.

Acapulco y Chilpancingo encabezan la lista de los ocho municipios declarados en alerta de violencia contra las mujeres, el 22 de junio del 2017. Les siguen Iguala, Ayutla, Coyuca de Catalán, José Azueta, Ometepec y Tlapa. En 2018 incluyeron a Chilapa en la declaratoria, por gestión de las mismas solicitantes, alarmadas por los asesinatos que ahí ocurrían.

Las mujeres asesinadas durante más de tres años en Guerrero tienen voz y rostro. Esos registros arrojan patrones de la violencia que vivieron. Su agresor, en muchos de los casos, fue la pareja; son mujeres jóvenes, algunas todavía estudiantes de bachillerato, y sus cadáveres fueron sobrexpuestos y, en varios casos, sus vidas estigmatizadas por su entorno.

Ellas contarán su historia en un orden descendente, reconstruida desde esta base de datos y el recuerdo de sus allegados.

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2020

Hannia

Mi nombre es Hannia. Me asesinaron el 20 de febrero, a los 16 años. Estudiaba en la preparatoria 2 de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro).

Mi madre conoció al probable responsable de mi muerte dos días antes que ocurriera. Yo misma se lo presenté. Es Jesús, mi novio. Me invitó al cine y después de la función me llevó a su trabajo. Ahí se conocieron.

Me mataron en mi propia casa en la Unidad Infonavit Alta Progreso en Acapulco. Mi madre encontró mi cadáver después de las siete de la tarde en el cuarto de gimnasio, con una corbata atada al cuello y dos heridas de una navaja en el abdomen.

Unos días después de mi muerte, el 1 de marzo, la Fiscalía General del Estado (FGE) informó que detuvieron a Jesús y que un juez lo vinculó a proceso y otorgó la medida cautelar de internamiento preventivo y un plazo de investigación complementaria de dos meses. Él también es menor de edad. Cuando lo conocí estudiaba preparatoria, la 27 de la Uagro, en Acapulco.

El día de mi muerte, Jesús y yo apenas sumábamos dos meses de relación.

Jaki

Unas horas antes de mi asesinato dejé escrito desde mi perfil de Facebook en una página de denuncia de mi municipio, Coyuca de Benítez, en la Costa Grande del estado. Fui clara: si algo me pasaba a mí y mi familia el ojo debía girar hacia los policías municipales.

Exhibí a los elementos por acosarme de manera sexual. En el post con mi nombre, Jaki, cité el asedio de una mujer y sus compañeros policías. Me sacaron fotografías porque me negué a darles mi número celular.

Rehusarme a compartir esa información era mi derecho, además, como menor de edad -de 17 años–, con más razón debieron cuidarme.

Tuve la firmeza de denunciar el acoso que sufrí en las oficinas de Derechos Humanos para que intervinieran. Era mi derecho y necesitaba sentar un precedente para que ninguna otra mujer que pasara por allí fuera violentada. No pude hacerlo. No alcancé. Me asesinaron antes. La mañana del 18 de febrero encontraron mi cadáver en la entrada a la localidad de Los Cimientos, cerca de la carretera federal Acapulco-Zihuatanejo. Tenía un disparo en la cabeza.

Las autoridades de mi municipio sólo han separado de sus funciones a cuatro de los policías que yo misma señalé, porque, dijeron, los van a investigar.

Danaé

Soy Danaé, aparecí muerta en la calle Electricistas de la colonia PPS de Chilpancingo a las seis de la mañana del 11 de enero, a unos cuantos metros de la casa de mi suegro Aureliano. Me mudé a vivir ahí con Hilario el 22 de diciembre del 2019, mi nueva pareja y quien sería mi esposo en el plazo de un año, si lográbamos entendernos. Ese compromiso lo hicieron Hilario y su padre el 17 de diciembre que me pidieron con mi madre.

Unos vecinos que yo conocía desde antes, porque en esa colonia también crecí, hallaron mi cadáver tirado en la calle pasadas las seis de la mañana. Mi madre recibió la noticia de mi muerte, por una llamada de Hilario, minutos antes de que me hallaran. Él no sabe explicar qué me ocurrió.

Tampoco lo sé, pero tengo una herida de un balazo en el pecho y quedé tirada fuera de la casa donde viví mis últimos 21 días. La mañana de mi muerte hubo quienes entraron al cuarto donde dormía con Hilario y se dieron cuenta que estaba de cabeza, como el campo de una pelea. También era penetrante el olor a líquido de limpieza mezclado con algo hediondo.

Recuerdo la llamada que le hice a mi madre el 10 de enero a las seis de la tarde. Lloré, lo que casi nunca hacía, cuando le dije que iba a dejar a Hilario porque en esa casa me maltrataban. Luego, de manera intempestiva, le corté la llamada. “¡Aaah! Luego le hablo”, fue lo último que le dije, en voz más baja, como cuando se siente miedo por ser sorprendido.

Con mi muerte, mi hija de casi tres años regresó a vivir con su padre José Luis. Se la quitó a mi madre. Con él también viví violencia y en gran parte la soporté porque siempre me amenazó con llevársela si lo dejaba, también porque peregriné sin resultados en instituciones para que me ayudaran.

Cuando me decidí a dejarlo, cumplidos mis 26 años, conocí a Hilario, ahora él y su padre están detenidos y señalados como probables responsables de mi muerte.

Fabiola

Me llamo Fabiola, me asesinaron a los 25 años. Aún no son claros los detalles de cómo ocurrió mi muerte, sólo sé que fue a balazos. Mi cadáver lo dejaron tirado en la esquina de las calles Heberto Castillo y Lucio Cabañas de la colonia PRD de Chilpancingo. Había casquillos percutidos a mi lado.

En los reportes policiacos ubican mi muerte alrededor de la una de la madrugada del sábado 4 de enero, unas horas después de que salí de mi casa.

La noche de mi muerte estrenaba los jeans y las botas que vestía y calzaba.

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2019

Adelfa

Primero estuve reportada como desaparecida. Una ficha de alerta del protocolo Alba que difundió la Fiscalía General del Estado (FGE) tenía mi nombre: Adelfa, 30 años, enfermera. El 5 de noviembre, en la calle Ignacio Comonfort de la colonia Centro de Iguala, vestida con una blusa roja y unas mallas oscuras, fue la última vez que me vieron.

Antes de que me asesinaran, fui un caso adicional al de las 12 mujeres que desaparecieron de enero del 2017 a junio de este año junto a sus hijos. Cuando me llevaron tenía seis meses de embarazo. David Jassiel iba a ser mi primer hijo.

De no estar muerta, el 1 de diciembre habría realizado un baby shower para anunciar su llegada. Casi todo lo dejé listo: encargué un pastel azul, adornado con un pequeño pollo amarillo y el nombre de mi hijo, y entregué invitaciones. En mi perfil de Facebook están esos detalles.

Policías encontraron mi cadáver descompuesto la tarde del 19 de noviembre, en los márgenes de la ciudad, cerca del puente que encamina hacia Cocula. La confirmación necesitó pruebas oficiales de cotejo.

El 5 de diciembre que me llevan a sepultar, las personas que rodean mi féretro gritan repetidas veces: “¡Justicia!”. Mi cortejo fúnebre por las calles de Iguala, que pasó por la casa que identifican como de Jairo, quien fue mi pareja, se convierte en una protesta.

“Todos somos Ade y su bebé”, se leía en la cartulina que pegaron en una de las paredes de la fachada de esa casa. Algunos medios de comunicación de Iguala citan a Jairo como sospechoso de mi muerte y la de mi bebé en gestación.

2018

Magdalena

La última vez que me vieron fue la tarde del 13 de enero, cerca de la cancha de Los Adobes, en el barrio de Guadalupe de Taxco, a un costado de la casa de mi ex suegra, donde vivía César, el padre de mis dos hijos. Fui a recogerlos. Me separé de César hace casi tres años y desde entonces compartimos el cuidado de los niños.

Las horas previas se me fueron en el Centro de Salud Urbano de Taxco, donde daba mis consultas. En febrero, al mes siguiente de mi asesinato, hubiese cerrado el año de servicio social, requisito para concluir mi carrera: Magdalena, 25 años, nutrióloga.

También fui a la estética a arreglarme el pelo. “Se despuntó el pelo. Llevaba el pelo planchado mi hija”, recordó mi madre el día de mi sepelio, cuando contó lo bonita que me veía.

César, quien era 10 años mayor que yo, comenzó a asediarme casi de inmediato de que nos separamos. Estudié la carrera en una escuela privada de Iguala, y hasta allá, a unos 35 kilómetros de distancia de Taxco, solía seguirme. Como bien lo contó una vez mi mamá, todo el tiempo me sentía perseguida.

Este acoso intenté documentarlo en la Agencia del Ministerio Público de Taxco, pero nunca me aceptaron la denuncia. Después mi familia también trató de reportar mi desaparición y tuvieron la misma suerte, porque en ese entonces ni siquiera funcionaba el protocolo Alba, el mecanismo de búsqueda que se pensó para casos como el mío.

De haber trascendido alguna de las denuncias, quizá, sólo quizá, mi asesinato pudo evitarse.

Pero pasó a lo que tanto temía. El 22 de enero, nueve días después de mi desaparición, hallaron mi cadáver en el negocio de mi ex esposo, un lugar donde ofrecían comida y cervezas.

No les bastó mi muerte, tuvieron que dejarme en condiciones irreconocibles, hacer de mí un suceso aberrante. Porque para hacer pedazos mi cuerpo y cocinarlos, no hay adjetivo menor que lo describa.

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2017

Diana Paulina

La noticia de mi asesinato se ventiló en varios medios de comunicación con la fotografía explícita de mi cadáver. El 21 de noviembre me dejaron tirada en uno de los caminos que une a la cabecera municipal de Chilapa con el pueblo de Acazacatla. Poco importó que soy una niña de 13 años. 

La última vez que supieron de mí, viva, fue el 12 de noviembre, en las canchas del barrio La Villa, en la cabecera municipal de Chilapa, lugar donde crecí. Salí de la casa de mi abuelo, que está cerca, dije que volvía a las canchas, pero ya no lo hice.

Con mi desaparición la Fiscalía activó la Alerta Ámber a mi nombre, Diana Paulina. Pero cuando se supo de mi asesinato, fueron las mismas autoridades que trataron de cuestionar mi vida de niña. Personas que siguieron mi caso se enteraron que el fiscal de entonces, Xavier Olea Peláez, pronto comentó, sin una investigación agotada, que mi familia tenía alguna relación ilícita. 

De esas cosas poco sé, de lo que sí estoy segura fue mi gusto por el basquetbol. Formé parte del Club Villa, el equipo de mujeres del barrio. Aunque mi corta vida tampoco me exentó de pasar por cosas duras, como sufrir la muerte de mi padre en agosto, tres meses antes de que me asesinaran.

Debo aceptar que fui una niña con claridades, porque aun cuando cursaba el segundo grado de la secundaria, ya sabía que estudiaría la carrera de Medicina o Fisioterapia.

Guadalupe

Soy Guadalupe, una mujer de 59 años. Me asesinaron alrededor de las seis de la tarde del 17 de noviembre, en la colonia Sultana del Sur de Cruz Grande. Antes fui violada por mi agresor, Alejandrino, de 17 años.

Me lo encontré en un callejón de la calle Benito Juárez, cuando caminaba rumbo a la iglesia, para asistir al rezo que me invitaron. Ese día me puse una falda combinada blanco con negro y una blusa azul. A un lado de mi cadáver, abandonado en el mismo lugar de mi agresión, encontraron un rosario, la sombrilla color rosa y el celular que llevaba.

Alejandrino, reportaron los periódicos con la noticia de mi muerte, fue capturado.

Selene

La noche del sábado 19 de agosto salí a bailar a un lugar de mi pueblo, Mezcala, municipio de Eduardo Neri, pero ya no regresé viva. Me asesinaron y mi cadáver lo encontraron en Las Torres, un lugar donde están unas minas sin explotar. Quién podría pensarlo a mis 18 años, sólo quería divertirme.

Me dejaron con el rostro hinchado y morado. Es probable que me asesinaran a golpes. El día que se corrió la noticia de mi muerte, los supuestos policías comisarios de mi pueblo detuvieron a Luis, mi novio, señalándolo como responsable.

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