Libros para qué

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Libros para qué

El escritor George Orwell fue un tiempo librero en Londres. En sus breves anotaciones sobre esta experiencia quedan desagradables anécdotas. En pocas palabras, calificaba a los clientes (lectores, en general) de obtusos y carentes de buen gusto literario.

Orwell, gran lector, periodista y ensayista inglés, escribiría la distopía 1984 en la que un Gran Hermano (personificación del totalitarismo), controlaba la vida y sobre todo la mente de las personas.

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Una de las claves para ejercer el poder era la capacidad del aparato estatal para cambiar el lenguaje.

Los historiadores de «Oceanía» transponen eufemismos para cambiar el pasado. La derrota es la victoria, la guerra es la paz. Todo arte, llegó a escribir Orwell, no es más que simple propaganda.

El libro y sus lectores no siempre coinciden en el momento correcto.

La historia de la literatura está llena de grandes obras que fueron leídas muy mal en su época y que a veces se rescatan en otros siglos o terminan por morir en las librerías de viejo de la historia. Ahora que leer porquerías es perder miserablemente el tiempo y privarnos de una experiencia estética real.

Los lectores siempre han sido raros en el mundo y los libros, aunque han pervivido como objetos tecnológicos de buena impronta, leer por ejemplo 1984 o Fahrenheit 451 en un Kindle (app de biblioteca virtual), realmente no tiene la menor diferencia respecto a leerlo en papel.

Borges escribió que hasta en la peor traducción de Shakespeare terminaría por aparecer Shakespeare.

La buena literatura trasciende el tiempo y sus formatos. Los outsiders de la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451, ante la quema de todas las bibliotecas terminarán por memorizar por lo menos un libro cada uno.

Éste sería sin duda el lector ideal, si existiera.

Libros en la comarca «capital» para qué

Los libros terminan casi siempre derrotando a sus detractores, pero también a sus adalides.

Gabriel Zaid decía que las instituciones culturales otorgan premios sólo para premiarse a sí mismas. Es el caso de la Feria Internacional del Libro (FIL), que ha apuntalado el poder del grupo político que la controla (el Grupo UdeG). La cultura es negocio cuando es negocio. Y cuando no lo es, simplemente es cultura, pero lejos de los premios, del glamour ocasional y de la resurrección sexenal de algunos «clásicos».

Guadalajara –como todo México– no lee, o lee muy poco y lee muy mal. Pablo Lemus no lee, Raúl Padilla menos. Y seguramente la mayoría de los grandes invitados a este falso jubileo literario no tienen mucho tiempo para leer.

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Si Guadalajara es durante un año la Capital Mundial del Libro servirá para hacer algo de relaciones públicas o un negocio, en los políticos que tradicionalmente han controlado el rico estado de Jalisco.

Para los autores, las editoriales, y las escasas librerías independientes no pasará de ser algo anecdótico, y la entrada de dinero será proporcional a los libros que puedan vender en los portales de la presidencia municipal.

Foto: Cultura Jalisco / Archivo. Fecha de publicación: 27 de abril 2022

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Cristian Zermeño
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Periodista y editor. Desde 2019 está al frente de la librería Mar de Tinta.

Periodista y editor. Desde 2019 está al frente de la librería Mar de Tinta.

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